El rastro de tu sangre en el cosmos

La placa de la Pioneer Voyager deja ver la posición de la tierra respecto a los 14 pulsares más cercanos. La frecuencia a la que emiten su señal, el planeta en el que vivimos en nuestro sistema solar, cómo nos vemos y la frecuencia de transición del átomo de hidrógeno como referencia métrica universal.

La hicimos con el afán de comunicarnos con civilizaciones lejanas. Ingenuamente esperando que no fuesen, sean hostiles (pues ya sabemos cómo terminan dos civilizaciones que de juntan y cuándo una es más atrasada que la otra).

Ahora, me pregunto si tal vez esa civilización lejana no lo esté en la distancia sino en el tiempo. Quinientos millones de años le costó a la tierra traernos aquí y nuestro sol vivirá dos mil millones más. Tal vez el mensaje debería quedarse aquí. Dejarlo antes de extinguirnos para la siguiente en habitar este lugar. La primera y tal vez única posible conversación entre civilizaciones alienígenas que tengamos. Y que nos estudie ya no una antropología sino una paleontología. El muy eternamente breve momento en que bípedos, mamíferos, científicos, artistas, amantes, deambularon en este sol.

Quizás al final la placa no sea un intento real de conversación, sino una confesión. Una manera de decirnos a nosotros mismos que estuvimos aquí, que fuimos capaces de pensar más allá de la inmediatez de la carne y nuestra supervivencia. Que en algún rincón del cosmos, alguien, algún ser, podría reconocer en esas líneas grabadas el esfuerzo de una especie que no se sabría victoriosa pero que aún así apostó  por ser escuchada en lo vasto del tiempo y del espacio.

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